Distrito Federal/México

Crónica de un callejón sin salida

P1010419Esto sólo para en un lugar del mundo: el barrio de San Lucas, en Coyoacán.

La gente corre sin cesar hacia todas direcciones. Los niños se refugian en sus casas cada que escuchan una explosión, las jóvenes se esconden detrás de los autos estacionados. Las señoras observan con angustia y sorpresa desde el final de la calle y llevan las manos a sus oídos cada que vuelve a escucharse un fuerte estruendo.

Por su parte, los hombres, en su mayoría jóvenes, se acercan lentamente y con temor al lugar de donde provienen las explosiones y las luces que desde lejos proyectan sombras largas y en movimiento en las paredes de los callejones.

¡Boom! – se escucha a lo lejos y de pronto, todos los hombres corren en dirección opuesta a las luces. Los niños se tapan los oídos y las jóvenes que estaban tras los autos, corren a la par de los hombres, intentando ponerse a salvo.

¡Ahí viene, ahí viene! Gritan algunos de los valientes hombres que vuelven a acercarse a las luces y las explosiones. Los escondidos salen de sus casas y cuidadosamente se asoman por detrás de los automóviles que los protegen.

Las explosiones y las largas sombras en movimiento que se ven a lo lejos, siguen ahí y mientras eso sucede, algunos se preguntan entre ellos si será cierta la alerta de que “ya viene”. Algunos ríen con temor, algunos abandonan la adrenalina y se alejan al final de la calle con las señoras y muchos otros están listos para continuar.

Esa dinámica de ir y venir, de acercarse con cautela al lugar de las explosiones para luego correr con desenfreno en dirección opuesta, de esconderse para luego echar un ojo a ver si ya pasó el peligro y salir, de escuchar lo que dicen los valientes que vienen del peligro, de “cuchichear” con conocidos y desconocidos con tal de estar informado de lo que sucede, se repite en seguidas ocasiones durante casi 40 minutos.

El número de desertores aumenta conforme pasa el tiempo y conforme el ambiente de desesperación, temor y tensión se vive con mayor intensidad entre las personas.

¡Cuidado! Alguien grita de pronto y un grupo de cuatro mujeres que estaban escondidas tras una camioneta, corren para salvarse. Y es que un petardo que venía volando desde lejos, cayó justo ahí, junto a la camioneta, después de haber hecho explosión en el aire unos segundos antes.

Las sombras se acercaban, los perros ladraban, los gritos se escuchaban por doquier aquel domingo, y entre la gente que corre, caían más petardos explosivos – algunos que explotaban en el aire, otros en tierra – llegaban también chifladores y busca pies por el suelo, y el bombardeo y el caos se incrementaba.

Nuevamente comienzan a acercarse al darse cuenta de que era falsa alarma. Algunos ríen, algunos se unen al grupo de los valientes, y de pronto, entre los petardos que caían como lluvia al suelo y a los carros, y los busca pies que bailaban y volaban sin parar, una luz de bengala pasó desapercibida y cayó en el cabello de una muchacha que estaba apenas saliendo de su escondite.

¡Quítamela, quítamela! Gritaba la joven desesperada y otra mujer que estaba con ella intentaba quitársela lo más rápido que podía, para evitar que se le quemara el cabello. Pero el tiempo corría entre la desesperación de ambas y al final, cuando logró quitársela, el cabello de la joven resultó quemado de toda el área donde se le pegó la varita.

La joven mujer se echó a llorar, y corriendo abandonó el campo de batalla, dirigiéndose a la zona segura que se encuentra al final de la calle. La otra muchacha la siguió.

La gente quedó anonadada con tan angustiante espectáculo y algunos preocupados de que les pasara lo mismo. Pero el tiempo para pensar y preocuparse duró unos segundos antes de que tuvieran que dirigir su mirada nuevamente al callejón de donde proviene el bombardeo, tras el aviso de un guerrero que gritó ¡ahora sí ya viene!.

Detrás de ese joven que corría seguro de que ahora sí venía, se observaban en las paredes las sombras cada vez más cercanas y las explosiones se escuchaban cada vez más fuerte. En un instante, como por arte de magia, apareció una multitud de hombres y mujeres de todas edades, corriendo despavoridos y gritando a los demás ¡corran, corran!.

El caos estaba en la cúspide, y mientras toda la gente que estaba parada en la banqueta, los que se protegían detrás de los autos y los que estaban parados a la mitad de la calle, se  unían a la multitud que corría, algunos tuvieron problemas, se atoraron, perdieron el paso y se cayeron, quedando tan sólo como parte del pavimento que todos pisoteaban, cubriendo su cabeza con sus manos mientras se perdían en el desorden.

Tras esta multitud, se hicieron presentes las sombras que venían de lo lejos, pero esta vez la forma de sombra se convirtió en un señor que en sus hombros cargaba un toro gigante, tres veces más grande que él, hecho de varas de caña y cartón inflamable que tenía mecanismos que hacían expulsar fuegos pirotécnicos, luces intensas, y los barrenos que caían del cielo.

El toro perseguía a la gente emocionada que corría y una vez que todos llegaron al final de la calle, el señor se detuvo, quitó al toro de sus hombros, lo puso en el suelo y le prendió fuego.

Alrededor de la fogata que se hizo, que elevaba grandes llamaradas, se reunió toda la gente que participó y juntos dieron un fuerte aplauso.

Se trata de la celebración de San Lucas, Santo que tiene su Iglesia en el barrio de Coyoacán que lleva su nombre. Después de la misa en su honor, el 18 de octubre, los fieles se reúnen con una hora de anticipación en el pequeño patio de la Iglesia, dispuestos a competir por los pocos lugares que hay para observar con detalle, el castillo y los fuegos pirotécnicos que se realizan. Capilla_de_san_Lucas(2),_Coyoacán

El reloj marca las ocho y la multitud reunida dentro y fuera del patio, gente que se aglutina en las calles aledañas a la Iglesia, comienza a chiflar y a aplaudir para reclamar que no ha comenzado el espectáculo.

Pasan dos minutos, tres y la gente enfatiza la bulla, ansiosos de que todo comience. Al no suceder, un tipo grita a lo lejos ¡que se escuche la música! Y un conjunto de cuatro personas que se encuentra establecido en una de las esquinas del patio, junto a la entrada principal, comienza a tocar y a cantar.

“No vale nada la vida, la vida no vale nada. Comienza siempre llorando y así llorando se acaba, por eso es que en este mundo, la vida no vale nada…”. Cantan en coro y con mucho sentimiento todas las personas impacientes, mientras el viejecillo que toca la guitarra entona desde su ronco pecho, uno de esos ya conocidos gritos mexicanos.

Se termina la canción, y comienza otra. Esta vez una señora grita ¡de rodillas te pido! y tras la aprobación de la multitud, la banda tocaba “de rodillas te pido, te ruego, te digo, que regreses conmigo que no te he olvidado, que te extrañan mis brazos y que hoy muero de ganas por volverte a besar”. Mientras todos cantaban, unos señores que estaban recargados en una pared, se servían Tequila Cazadores con Fresca en vasos de plástico del número 8, y le servían también a otro joven que se les acercó y les pidió que le compartieran una cuba.

En medio de la alegría, las partes inferiores del castillo comienzan a girar, a hacer volar sus chifladores, a prender de llamativos colores y a sacar chispas. La música paró y la gente volvió su atención al espectáculo.

Silencio profundo. Ni una sola voz. Muy poco movimiento. Lo único que se escuchaba era el rechinar del castillo y lo único que se movía eran sus piezas giratorias. Toda la gente observaba con atención y felicidad al esperado castillo.

Cuando se terminó de quemar el primer nivel, comenzó a girar el segundo y la gente aplaudió sorprendida. Esta vez las piezas giratorias tenían forma de un delfín y de Goofy. Finalmente, cinco minutos después, se inaugura el tercer y último nivel.

La velocidad con la que giraba era impresionante. Las chispas y las luces de múltiples colores que desprendía tenían completamente la atención del público. De pronto, se detiene, se termina de quemar y acompañado de una leve explosión, sale disparada al cielo la corona del castillo. Toda la gente aplaude, grita y levanta la vista para no perder a la corona en la oscuridad.

Cuando estaba lo suficientemente lejos, comenzó un espectáculo de cuetes de distintos colores que deleitaban la pupila de los presentes. En medio de la fiesta, la música, las luces, cayó la corona al suelo, ya seca, ya apagada y cesaron también los fuegos pirotécnicos.

La comunidad satisfecha y feliz, comienza a retirarse del patio, intentado moverse entre las apreturas que tanta gente provoca, pero sin quitar la sonrisa que en sus rostros provocó la culminación de tan esperada fiesta.

Y así es como, minutos después, la gente comienza a reunirse tres calles abajo, en los callejones sin salida en donde a lo lejos se ven largas sombras en movimiento proyectadas en las paredes, y se escuchan explosiones y gritos que la multitud espera como parte de los tradicionales toritos.

Diez minutos después de terminar la fogata que dejó el torito, la calle estaba vacía. La gente se encontraba festejando en sus casas, cenando con sus familias, como se acostumbra en esta fiesta. Las abuelas preparan mucha comida, tanta como para dar de comer a sus hijos, sus nietos, los amigos de los hijos y de los nietos, a los vecinos, a los compadres, y a toda persona que entre a la casa y se siente a la mesa a comer con desconocidos.

Los únicos que quedan en las calles son borrachos, algunos bebiendo y platicando y otros tan sólo sentados, perdidos, sin poder moverse. Pero son los estragos de una fiesta popular, familiar, en la que se reúnen las personas con un mismo interés: el de adorar a San Lucas y de paso, tener un pretexto para correr, gastar y embriagarse.

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